domingo, 8 de febrero de 2009

ERE que ERE

Digamos que me llamo Equis. O mejor dicho, Zeta. Y soy víctima de un ERE, una de esas plagas del siglo XXI, que se contagia a velocidad de vértigo y se propaga sin que haya vacuna posible. Allá por donde pasa, no vuelve a crecer la hierba.

Su látigo castigador es capaz de quitarse de en medio a cientos de trabajadores, a los muy buenos, a los malos y a los regulares. No hace distinciones. La suerte más abyecta es quien te pone la etiqueta de “prescindible”. Y te quedas en la puñetera calle con tu abultado CV.

Vuelves a casa con tu taza de café de la suerte y tu cactus antirradiaciones. Y con una indemnización que sólo servirá para pagar varios recibos de tu amiga la hipoteca.
Qué pena, penita, pena.


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